Cuando el agua empieza a faltar
Durante mucho tiempo hemos pensado que el agua era un recurso inagotable. Abríamos el grifo y allí estaba. Llenábamos un vaso, nos bañábamos, lavábamos la ropa, regábamos una planta. Y pocas veces nos deteníamos a pensar de dónde venía esa agua y, sobre todo, si algún día podría llegar a faltar.
Hoy el mundo comienza a mirar el agua con otros ojos.
Se habla incluso de que algunos de los grandes conflictos del futuro podrían estar relacionados con el acceso al agua potable. No es difícil imaginar un mundo en el que países ricos, regiones desarrolladas o grandes intereses económicos intenten controlar fuentes de agua que se encuentran en territorios más pobres.
Puede parecer un problema lejano, propio de otras regiones del planeta.
Pero, ¿realmente lo es?
Quienes vivimos en Dota deberíamos comenzar a hacernos esa pregunta.
Nuestra región ha sido tradicionalmente reconocida por sus montañas, sus bosques, sus ríos, sus nacientes y por esa abundancia de agua que durante generaciones hemos considerado casi natural.
Pero algo está cambiando.
En Santa María, donde vivo, he podido observar una situación que antes no era habitual. En el sector comprendido hacia el sur del pueblo, desde mi calle Higueronal, el agua que anteriormente parecía suficiente ahora prácticamente está siendo dirigida también hacia otros sectores que enfrentan mayores dificultades de abastecimiento.
Eso debería hacernos pensar.
Y no se trata únicamente de Santa María.
En el distrito de El Jardín existe un déficit de agua que tampoco podemos ignorar.
Tal vez todavía no estemos ante una emergencia. Tal vez muchas personas continúen abriendo el grifo y encontrando agua todos los días. Pero precisamente ahí está el peligro: acostumbrarnos a que el problema todavía no nos afecta directamente.
Las crisis importantes casi nunca comienzan de un día para otro.
Comienzan con pequeñas señales.
Una naciente que produce menos. Un verano más prolongado. Una fuente que ya no alcanza para todos. Una comunidad que empieza a recibir agua con menos frecuencia. Nuevas viviendas que aumentan la demanda. Bosques y terrenos que dejan de cumplir adecuadamente su función de proteger y alimentar las fuentes.
Y cuando finalmente comprendemos la magnitud del problema, quizá ya sea demasiado tarde.
Por eso considero que Dota necesita hablar seriamente del agua.
No solamente cuando falte.
Necesitamos preguntarnos cuánto tenemos, cuánto consumimos, cuáles son nuestras fuentes, cómo las estamos protegiendo y qué estamos haciendo para garantizar que nuestros hijos y nuestros nietos puedan disponer de agua potable.
También debemos pensar en algo fundamental: el agua no pertenece únicamente a la generación que actualmente la utiliza.
Tenemos una responsabilidad con quienes todavía no han nacido.
Durante décadas hemos recibido de la naturaleza un patrimonio extraordinario. Si nuestras montañas y nuestros bosques nos han regalado agua, lo menos que podemos hacer es devolverles protección, cuidado y respeto.
No deberíamos esperar a que la escasez llegue a todos los hogares para comenzar a buscar soluciones.
La planificación, la protección de las nacientes, la conservación de los bosques, el uso responsable del recurso y las inversiones necesarias deben hacerse ahora.
Porque el agua tiene una característica que la hace diferente de muchas otras cosas: podemos vivir sin muchas comodidades, pero no podemos vivir sin ella.
Quizá algún día los historiadores miren hacia atrás y se pregunten por qué las sociedades no actuaron cuando todavía estaban a tiempo.
No quisiera que en Dota nos hagamos esa pregunta dentro de veinte años.
Todavía estamos a tiempo.
Pero debemos entender algo: si esperamos a que de nuestros tubos deje de salir agua para comenzar a preocuparnos por el agua, habremos llegado demasiado tarde.
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